Ser maestro ayer, hoy y mañana

Educación

Mi padre

Mi padre era maestro. Desde mi mirada de niño, mi padre nació maestro y murió maestro. Con dieciséis años comenzó su carrera como maestro y muchos años después lo abandonó llorando porque sabía que era el último día. Entre ambos momentos transcurrió una vida profesional intensa y plena dedicada a la educación.

Con frecuencia me he preguntado qué sentiría un niño de esa edad si asumiera hoy la responsabilidad de ser maestro de una clase de Educación Primaria. ¿Cómo reaccionaría? Es más, ¿cómo sabía mi padre “ser maestro” con esa edad? Enseñar en los años sesenta no era más fácil que ahora: en el contexto donde trabajaba mi padre enseñar era un trabajo mal pagado, con pocos recursos, con familias mal preparadas o analfabetas. Eso sí, era un trabajo con un importante reconocimiento social y con unos parámetros de actuación bien definidos: se sabía qué era un maestro, incluso un “buen maestro” (aunque hoy no estemos de acuerdo con aquella definición del buen maestro).

En el siglo XXI la situación es más compleja. Las tareas encomendadas al sistema educativo y la gama de competencias que debe mostrar un profesional de la educación han crecido sustancialmente y no es fácil definir qué debe ser y hacer un docente. El profesorado se encuentra hoy en el centro de un Triángulo de las Bermudas. En un vértice, encuentra la presión de las evaluaciones externas (desde PISA hasta las evaluaciones nacionales y autonómicas, construidas según el mismo patrón) que exigen resultados al mismo tiempo que limitan la educación a lo que se puede medir. Y en los otros dos vértices, por un lado, las tradiciones de nuestro gremio, una cultura poderosa en forma de auténtico currículo oculto inalterado por leyes e innovaciones y según el cual recitar las tablas de multiplicar es la única manera de aprender el algoritmo, por poner un ejemplo; finalmente, por otro lado, la percepción de que ayudar a que nuestros alumnos y alumnas desarrollen sus competencias implica guiarles en procesos más complejos que la memorización, como resolver problemas o crear artefactos digitales.

Pues bien, sometidos a estas tres fuerzas, el famoso adagio del Informe McKinsey (“La calidad de la escuela no puede superar la calidad de su profesorado”) representa un auténtico desafío: ¿qué significa esto si a renglón seguido decimos que la calidad de nuestra escuela es baja?¿Qué ocurre si, a pesar de que las evidencias de PISA no lo confirman, se crea un estado de opinión que afirma que la calidad media de nuestra escuela es baja, que cunde el fracaso y la excelencia brilla por su ausencia?¿No se está señalando claramente al profesorado como la explicación de la baja calidad de la escuela?

¿Y la solución? En un informe reciente titulado New Vision for Education, el Banco Mundial propone, como una manera de soslayar el techo de cristal de la calidad del profesorado, la puesta en práctica de soluciones de tecnología educativa relacionadas con el llamado aprendizaje adaptativo. Éste consiste, básicamente, en aprovechar la conectividad de los dispositivos electrónicos para centralizar la creación de contenidos educativos y la gestión del aprendizaje a través de una plataforma digital que permite la comparación de los resultados de aprendizaje de cada estudiante con enormes bancos de datos internacionales a través de técnicas de análisis de Big Data.

¿Y el docente? Pues con estas propuestas, tecnológicamente centralizadas, se convierte en un cajero que expide, vía tablet, la lección que cada estudiante necesita, la cual se nutrirá de un enorme repositorio, multilingüe y multimodal, en la Red. Es el futuro del docente como cajero automático.

Sin embargo, nuestros niños y niñas seguirán siendo seres humanos: es decir, tendrán necesidad de comprender la realidad, de gestionar sus emociones, de establecer relaciones interpersonales y de intervenir en su entorno. Es decir, seguirán siendo seres narrativos.

Por ello, frente al docente cajero automático os animo a que nos levantemos como docentes narradores. El cuenta-cuentos que crea para su público una narración, en realidad, abre un escenario de posibilidades no determinadas por algoritmos, un futuro lleno de posibilidades por explorar.

¿Sabes cuál creo que fue el gran logro de mi padre en su profesión? Pues creo que descubrió este secreto: más allá de la tabla de multiplicar o las ecuaciones cuadráticas, mi padre creaba universos de posibilidades para sus alumnos y alumnas, dentro del aula y fuera de ella. Es más, creaba posibilidades para el presente de cada uno de ellos pero, sobre todo, creó posibilidades para los muchos futuros que cada uno de sus estudiantes han vivido a partir de sus aprendizajes en la escuela. Y eso no, eso no sabe hacerlo una máquina.

[Esta entrada ha sido publicada en el periódico Escuela hoy día 3 de diciembre de 2015 y recoge algunas de las ideas que aporté a la mesa redonda organizada por la Institución Libre de Enseñanza y la Fundación Telefónica con el título “La profesión de profesor: presente y futuro“. Además, tengo el privilegio de haber publicado en la misma hoja del periódico Escuela en la cual escribe mi amigo Miguel Sola, profesor de la Universidad de Málaga, una estupenda columna titulada Cada palo aguante su vela, cuya lectura te recomiendo encarecidamente.]

Artículo impreso (PDF): Ser maestro ayer, hoy y mañana

Imagen: Retrato de Antonio Trujillo realizado por Fran Trujillo

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6 Respuestas a Ser maestro ayer, hoy y mañana

  1. […] Mi padre era maestro. Desde mi mirada de niño, mi padre nació maestro y murió maestro. Con dieciséis años comenzó su carrera como maestro y muchos años después lo abandonó llorando porque sabía que…  […]

    • Tu padre fue mi maestro. Y sabes, él supo traducirnos las odiosas matemáticas, ya olvidadas por mí. Pero también nos enseñó su alegría. Alegría que fluye del amor por su oficio. Hoy aún sigue viva en mí. También cuando enseño y cuando comparto la ilusión que su hijo le pone a la vida. Ese es el mejor regalo que nos hizo don Antonio Trujillo. Enseñar para siempre.

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