Ceuta, 31 de agosto: entre Hércules y Sísifo

Ceuta está presidida por dos magníficas esculturas casi gemelas de Hércules, una en la explanada frente a la Estación Marítima de Ceuta y otra en la Plaza de la Constitución. Entre las columnas de ambas representaciones mitológicas, un Hércules musculoso y triunfante exhibe con arrogancia su fuerza prodigiosa. Hércules, el hijo de Zeus, el más humano de los dioses, el más divino de los hombres: esa es la imagen aspiracional que Ceuta desea proyectar de sí misma, la visión que le gustaría lanzar al mundo y la posición desde la cual le gustaría contemplarse y contemplar a los demás.

Fuente de la fotografía: Wikimedia

Sin embargo, el pueblo de Ceuta se asemeja más a Sísifo en su inteligencia y tenacidad que a ese Hércules musculoso. Frente a Hércules, Sísifo, rey de Éfira, supo engañar a la muerte con una estrategia sagaz – llegó a encadenar a la muerte durante tres días, evitando así que nadie muriera – pero sufrió el castigo de Zeus por no someterse a sus divinos deseos, por lo cual fue obligado a subir eternamente una pesada roca por la ladera de una montaña para ver como esta rodaba de nuevo, reiniciando así su tarea una y otra vez.

Fuente: Wikimedia

Aunque el castigo de Zeus dirige a Sísifo hacia la tragedia, Albert Camus ya nos advierte en su libro «El mito de Sísifo«, que es justo en ese momento en que el rey Sísifo ve caer la roca que con tanto esfuerzo ha subido y vuelve caminando hasta la base de la montaña cuando podemos comprender la figura de Sísifo y su grandeza, justo cuando reconoce lo absurdo de su tarea. Camus nos pide que observemos la mirada de Sísifo justo en ese momento, cuando ha tomado conciencia de su destino y lo afronta con arrogancia y valentía ante unos dioses inmorales e injustos, cuando desciende, sonriente, porque ha entendido el sentido de su vida.

En palabras de Camus, «hay que imaginarse a Sísifo dichoso«.

El pueblo de Ceuta vive como Sísifo. Cada cierto número de años a lo largo de las tres últimas décadas ha visto su frontera con Marruecos violada y sus costas convertidas en un lugar de muerte. Cada cierto tiempo su nombre es arrastrado por los medios de comunicación nacionales, que no están aquí ni vienen a ver cómo se hace cada día un ejercicio de imaginación y esfuerzo por encontrarle sentido a la doble condición insular y fronteriza que define a Ceuta. Cada cierto tiempo la roca con el nombre de Ceuta vuelve a rodar cuesta abajo y el pueblo tiene que comenzar la tarea de levantarla y empujarla hacia arriba, sin pensar si esta será la ocasión definitiva o si una nueva crisis se está dibujando ya en el futuro, en lo alto de la montaña.

El pueblo de Ceuta es Sísifo y la roca que empuja sin descanso es su ciudad, pero la clave para comprender esta cíclica maldición que le aflige es entender que esta no es el resultado del enfado de un dios lejano sino de algo mucho más prosaico: la maldición de Ceuta son los errores y las ausencias del Estado en todos sus planos, es decir, desde el estado supranacional que es hoy Europa hasta el gobierno de nuestra nación, el gobierno local, las instituciones que organizan nuestra vida cotidiana y, finalmente, nuestra propia condición de ciudadanas y ciudadanos responsables con el presente y el futuro de Ceuta.

En relación con la crisis fronteriza de este verano de 2026, Europa ha fracasado en Ceuta y no ha cumplido con su obligación ni con el cacareado «espíritu europeo», cada vez más oscuro e irreconocible. Que Europa haya apelado al cierre del espacio Schengen, al cual Ceuta ni siquiera pertenece, en lugar de a la solidaridad y el apoyo a una ciudad española y europea significa que Europa no ha estado a la altura, ni como agente humanitario ni como estructura consciente y responsable de sus fronteras y sus políticas.

En el plano nacional, el gobierno de España ha demostrado en esta crisis incomprensión, incompetencia e inacción. Son tantas las preguntas sin responder en relación con la actuación del gobierno central que desespera enunciarlas, aunque no debemos dejar de hacerlo: cómo pudo pasar inadvertida la llegada irregular de 80.000 personas, cómo no se puso en marcha inmediatamente un plan de respuesta a esta llegada por parte de todo el aparato del Estado, cómo se ha tardado un mes en tener un mando único y cuál es su plan de trabajo para resolver esta crisis, y finalmente cómo se piensa ayudar a Ceuta en las crisis subsidiarias provocadas por los afectos colaterales de la crisis fronteriza. Hoy en Ceuta no hay una sola persona, vote a quien vote, capaz de comprender la respuesta del gobierno central a esta crisis, mucho menos capaz de defenderla.

Sin embargo, esta Ceuta-Sísifo no ha comenzado este verano su largo castigo. Son muchas las ausencias y deficiencias que arrastra históricamente y todos lo hemos aceptado como un castigo inevitable en lugar de levantarnos unidos en la protesta: cuando cae rodando la roca, ahí van nuestra tasa de desempleo, nuestro fracaso escolar, nuestra desigualdad, nuestros problemas sanitarios, las diferencias entre el centro y las barriadas – agravadas ahora tras la crisis de este verano – y muchos otros problemas que deberían hacernos exigir a nuestros gobernantes explicaciones, planes, actuaciones y resultados al mismo tiempo que analizamos cuál ha sido nuestra responsabilidad en la construcción de una ciudad que no consigue resolver sus problemas de manera eficiente y definitiva.

Ahora que hace un mes que Ceuta fue literalmente invadida por 80.000 personas de manera imprevista, fueran cuales fueran sus intenciones, todos reclamamos volver a la normalidad. Me pregunto si esa normalidad consiste solo en resolver esta última crisis, perder simplemente de vista a todas estas personas deseándoles a todos lo mejor para su vida personal y su futuro y que nosotros no vivamos con la amenaza recurrente de cuándo será la próxima vez que Marruecos decida lanzar a su gente contra Ceuta y hacia la muerte.

Sin embargo, me pregunto también si la normalidad podría significar algo más, si hay una normalidad que elimine definitivamente el castigo de Sísifo y que en Ceuta el Estado garantice plenamente que contamos con los mismos recursos y las mismas condiciones que cualquier otro ciudadano español y europeo.

Ceuta es Sísifo porque el Estado nos impone en muchos ámbitos el castigo de su desidia, su incomprensión o su ineficiencia. Debido a este castigo no contamos con una frontera segura y seria, no se desarrolla una economía dinámica y que genere riqueza, no contamos con una Educación y una Sanidad de calidad en igualdad con cualquier otro territorio español y europeo, ni el bienestar está garantizado para toda la población, sino no solo para algunos. Ojalá el Estado cumpliera con su parte del contrato y algún día se nos permita dejar de ser Sísifo para ser Hércules y poder así hacer realidad la visión de una ciudad moderna, amable, justa y atractiva.

Foto de cabecera: Wikimedia

Leave a Reply

Your email address will not be published.