Educación basada en evidencias: luces y sombras de un reto para la escuela, la investigación y la política educativa

Este pasado fin de semana se han celebrado en San Roque (Cádiz) las III Jornadas de Ciencias de la Educación, Psicología y Tecnología, organizadas por el Instituto de Estudios Campogibraltareños. En estas jornadas se han dado cita un amplio número de investigadoras e investigadores residentes en el Campo de Gibraltar, lo cual es ya un hecho significativo pues su labor investigadora reponde, mayoritariamente, al afán científico y divulgador de profesionales en activo comprometidos con el aprendizaje permanente sin que tengan normalmente apoyo alguno por parte de la Administración u otras instituciones ajenas a sus propios centros educativos. A todos ellos les muestro mi admiración y mi reconocimiento, como así felicito a las personas responsables de la organización de las Jornadas, Jesús Vélez y Kiko Rivera, que han conseguido que estas Jornadas hayan sido un éxito en muchos sentidos.

Por mi parte he tenido la suerte de poder clausurar las Jornadas con una ponencia titulada “Educación basada en evidencias: luces y sombras de un reto para la escuela, la investigación y la política educativa“. Por un lado, me apetecía cerrar la presentación de tantas investigaciones realizadas en el Campo de Gibraltar con una reflexión sobre la “evidencia” en las ciencias de la educación y la práctica educativa; por otro lado, desde hace tiempo siento que este lugar común, “educación basada en evidencias”, crece y se extiende tanto entre responsables políticos como entre algunos profesionales pero en muchos casos sin una reflexión serena acerca cuál es el origen de esta expresión y hacia dónde nos lleva.

En este sentido, la Educación basada en evidencias es, fundamentalmente, un movimiento que promueve el análisis, la revisión, la síntesis y la difusión de los resultados de la investigación de tal forma que sus conclusiones puedan iluminar la práctica educativa. Así, en este artículo de Robert Slavin (2008) se recogen algunas iniciativas de búsqueda y síntesis de evidencias científicas realmente meritorias, entre ellas el proyecto Campbell Collaboration, que me sirvió, por ejemplo, para cuestionar el impacto del mindfulness en el comportamiento o el logro académico de los estudiantes aunque sí existen evidencias de su eficacia (moderada pero consistente) como estrategia de reducción del estrés en adultos.

Sin embargo, para ver las posibilidades reales de una Educación basada en evidencias y cuál puede ser su desarrollo futuro, opté por acudir a las “fuentes” originales: el origen de este movimiento se encuentra en la Medicina, y especialmente en el ámbito de la formación médica, en los años noventa así que ya ha tenido un recorrido importante y prolongado como para poder sacar lecciones útiles también para las Ciencias de la Educación.

El punto de partida para la reflexión que se planteó en la ponencia es la definición más frecuentemente citada para entender qué es Medicina basada en evidencias:

“Evidence based medicine is the conscientious, explicit, and judicious use of current best evidence in making decisions about the care of individual patients.”

Sackett David L, Rosenberg William M C, Gray J A Muir, Haynes R Brian, Richardson W Scott. Evidence based medicine: what it is and what it isn’t. BMJ 1996; 312 :71.

Esta referencia da pie a pensar que el sentido original de la Medicina basada en evidencias es, por un lado, incidir en la toma de decisiones en una situación clínica y, por otro lado, buscar el bienestar del paciente concreto a quien se está atendiendo. Así pues, los dos elementos centrales de la Medicina basada en evidencias son la propia competencia del profesional de la salud (derivada de su experiencia y su reflexión) para la toma de decisiones en una situación clínica determinada y la disponibilidad de fuentes de información fiables (es decir, eficazmente alimentadas y gestionadas) para ofrecer al profesional los datos más actualizados y de mayor calidad posibles.

Sin embargo, frente a este planteamiento aparentemente claro y difícil de rechazar desde el sentido común, se levantan importantes discusiones de carácter teórico y práctico: para empezar, los resultados de la investigación científica no son estáticos sino emergentes y provisionales por definición. Por tanto, la transferencia entre los resultados de la investigación y la práctica (médica o educativa) ha de realizarse con precaución y prudencia.

En segundo lugar, si el objetivo es la formación permanente de profesionales (y este era el objetivo inicial de la Medicina basada en evidencias), debemos considerar el tiempo y los recursos que tienen a su disposición estos profesionales: en el caso de los docentes, ¿existen momentos en su jornada laboral para la consulta y la reflexión en torno a estas “evidencias”?¿Se tiene, por ejemplo, acceso a revistas especializadas donde se den a conocer las “evidencias”?

En tercer lugar, y centrándonos en la comparación entre Medicina y Educación, existen cuestiones trascendentales que deberían hacernos pensar acerca del sentido de la “práctica basada en evidencias” en ambos casos: así, Biesta (2007) cuestiona que en educación las “intervenciones” de los docentes sean la “causa” del aprendizaje sino que en realidad la invertención docente sirve para generar oportunidades que los estudiantes pueden convertir (o no) en aprendizaje a través de sus diferentes respuestas. Es decir, la relación causa-efecto es posible, quizás, en Medicina pero cuestionable en Educación, donde una amplia variedad de cuestiones cognitivas, sociales y culturales inciden en el aprendizaje.

En este sentido, la analogía entre Medicina y Educación debe ser sometida a una fuerte revisión crítica, evitando simplificaciones y considerando en profundidad cómo se define y cómo y para qué se genera el conocimiento científico en ambas comunidades de práctica. Qué significa “evidencia” en ambos campos, quién determina qué se considera evidencia y a qué intereses responde esta determinación, cómo se contemplan las variables sociales y culturales, qué papel juega el “sujeto” con el cual se trabaja (paciente en un caso, aprendiz en el otro) en ambos campos o cuál es el efecto de la “intervención médica” y de la “interención educativa” son, entre otras, cuestiones trascendentales que establecen la viabilidad y la validez de un “enfoque basado en evidencias” tanto en Medicina como en Educación.

Sin embargo, sí creo que podríamos apreciar algunos de los logros de la Medicina basada en evidencias y considerar cómo trasladarlos a la Educación, aunque con un importante nivel de prudencia en relación con comparaciones que desborden el marco epistemológico y práctico de ambas ciencias. Entre estos logros destaco tres:

  • la existencia de una estructura colaborativa (Cochrane Collaboration en el caso de la Medicina) para recoger y sintetizar los resultados de la investigación;
  • el establecimiento de estándares de publicación para investigación primaria y secundaria (considerando aquí la especificidad de ambas ciencias y la necesidad tanto de la teorización como de investigaciones cuantitativas y cualitativas en el caso de las Ciencias de la Educación);
  • la creación de estructuras nacionales e internacionales de formación y acceso al conocimiento (por ejemplo, el Instituto de Salud Carlos III o la Escuela Andaluza de Salud Pública en el caso de la Medicina, no existiendo instituciones análogas por relevancia y presupuesto en el caso de la Educación).

Ahora bien, en relación con la Educación se plantean retos importantes a la hora de considerar la relación entre investigación y práctica educativa, cuestión que subyace a cualquier “práctica basada en evidencias”: si bien sí existe una investigación educativa realizada en las universidades, ¿realmente se potencia la figura del docente investigador en los centros educativos, aportándole los recursos o la formación adecuados para tal tarea?¿Disponen los docentes de acceso a publicaciones científicas, muchas ellas ocultas tras los muros de costosas suscripciones y solo accesible dentro de las estructuras universitarias?¿Existen estructuras y tiempos para la colaboración y el desarrollo de investigaciones?¿Contamos con una estrategia nacional y regional de promoción de la investigación educativa?

En mi opinión hasta que no se resuelvan las cuestiones epistemológicas y prácticas aquí mencionadas la Educación basada en evidencias no es más que un desideratum: en el mejor de los casos, actualmente solo permite iluminar algún aspecto parcial de la práctica educativa y normalmente se encuentra a mucha distancia del lugar epistémico y práctico que ocupa el profesorado; en el peor de los casos, la Educación basada en evidencias es poco más que una expresión feliz con un fuerte componente publicitario o aspiracional pero sin aportaciones que sean aplicables ni, mucho menos, transformadoras, sirviendo más para saber qué no sirve que para saber qué sí podría funcionar, si es que esto es realmente posible en Educación.

Así pues, hagamos de la prudencia, la reflexión, la honestidad y la perspectiva crítica nuestras herramientas y no abusemos ni de las comparaciones, especialmente entre Medicina y Educación, ni de las simplificaciones que confunden tratamientos e intervenciones médicas con metodologías o prácticas educativas: la complejidad del hecho educativo demanda respuestas igualmente complejas, normalmente alejadas del blanco y negro que a veces se demanda desde la política o desde los medios.


A continuación enlazo la presentación que utilicé durante las Jornadas, donde se incluyen las citas que conformaron mi discurso:

Las comunicaciones y ponencias presentadas en las Jornadas fueron grabadas por Canal San Roque TV. Recomiendo visitar el canal en YouTube de esta emisora local, donde se pueden encontrar las grabaciones realizadas durante las Jornadas. En el caso de mi ponencia, inserto aquí el vídeo completo por si es de tu interés:

Fotografía de cabecera: Clyde He en Unsplash

2 Comments

  • Añado a tu planteamiento algunos modelos que muestran bastante bien el camino a seguir en la educación basada en evidencias. Un clásico son las comunidades de aprendizaje , sus actuaciones educativas de éxito; que no buscaban otro objetivo que el fundamentar las prácticas educativas con estrategias no fruto de ocurrencia, sino
    respaldadas por la comunidad científica internacional. Otro modelo es el de escuelas eficaces, y uno último, con bastante pujanza, es el Visible Learning de Hattie.

  • Aitor dice:

    Llevo varios años trabajo es defendiendo la necesidad de llevar la evidencia científica a las aulas. Este trabajo habla de la PBE en entorno escolar para alumnado con autismo. Existen experiencias educativas interesantes pero poco conocidas.

    http://revistas.usal.es/index.php/0210-1696/article/view/scero20184927387

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