Diario del día después: esbozo de una Poética Mínima

Hoy, 3 de mayo, he presentado en Algeciras mi poemario Diario del día después. Ha sido un día emocionante que he vivido rodeado de mi familia y de amigos, ante los cuales he tenido la ocasión de explicar por qué he escrito un libro como este Diario, que empezó a crecer dentro de mí en 2021, tras el fallecimiento de mi sobrino Pepe, y que ahora ha visto la luz.

A continuación os dejo algunas líneas que he escrito para las personas asistentes como quien elabora una Poética mínima para entender la propia escritura.


Queridas amigas y amigos, permitidme comenzar con algunos agradecimientos.

En primer lugar, gracias a UFCA por permitir que celebremos aquí este encuentro en torno a la poesía. UFCA es una de las grandes instituciones culturales del Campo de Gibraltar y siento que es un honor poder llenar hoy sus instalaciones con nuestras letras y nuestros sentimientos, además de poder disfrutar de su exposicion temporal.

Por otro lado, debo agradecer a mi editorial, Valparaíso, el haber permitido que este libro se haya convertido en una realidad; especialmente porque, como veréis, este es un libro duro y contracorriente. Hoy se publica más poesía que nunca, pero no una elegía de sesenta páginas sin ninguna concesión ni ninguna trampa que oculte al lector el hecho fundamental del cual hablaremos hoy aquí: amar es, o debe ser, una fuente de bienestar y de placer, pero también duele de manera inevitable, porque todo amor se enfrenta al dilema fundamental de nuestra existencia, que es la muerte. Todo lo que amamos algún día desaparecerá y tenemos que estar preparados para comprenderlo y asumirlo como una parte más de nuestra propia existencia. Sin embargo, que una editorial avale un libro así en tiempos de superficialidad es un motivo de agradecimiento.

En tercer lugar, quiero dar las gracias a la Librería Bahía de Letras por acompañarnos hoy. Bahía de Letras es el oasis que aporta cultura y literatura al centro de Algeciras y su generosidad irradia hasta llegar a nuestras casas cada vez que contribuimos a la magia de que un libro cambie de manos, desde la librera o el librero hasta los lectores. Gracias, amigas y amigos de Bahía de Letras, y, por favor, perserverad en el esfuerzo de mantener ese oasis abierto para quienes estamos siempre sedientos de letras y palabras.

Por supuesto, gracias a todas y a todos por estar aquí hoy. Hace escasamente una semana os dije lo siguiente: “debo reconocerles que el placer del escritor no es ser leído, sino haber podido escribir.” Sigo pensando lo mismo que hace una semana, afortunadamente. El placer del escritor es escribir, pero creo que no ocurre igual con el poeta. La Poesía es palabra al servicio de la emoción y no hay poesía sin lectores, o al menos sin “oyentes”. Así pues, gracias por estar aquí acompañándonos y gracias por dar sentido a la Poesía.

Gracias también a mi amigo Mario Díaz, quien hoy ejerce como maestro de ceremonias. Mario es una persona que lleva toda su vida alrededor del libro: ha sido editor y librero, es poeta y profesor de lengua y literatura, pero, sobre todo, es una maravillosa persona. Como todos los buenos amigos, creo que lo conozco de toda la vida y, al mismo tiempo, tengo la sensación de que cada día aprendo algo nuevo de él y con él. Mario, gracias por acompañarme hoy en este momento tan importante para mí.

Para empezar, yo podría decir como Piedad Bonnett:

“Pongo mi corazón sobre esta mesa,
transido, desatado, hondo de pena.”

Sin embargo, no es de mi corazón de quien quiero hablar ni pretendo hacer poesía de la autocomplaciencia. Para escribir, el poeta debe mirar en su interior, pero no para ver el paisaje que habita dentro de él sino para sacar de ahí su personal interpretación de eso que llamamos la vida.

En general, prefiero una poesía de la mirada y de la escucha frente a una poesía de la confidencia. Siempre he desconfiado de los poetas que afirman escribir para mostrar sus sentimientos, como si esos sentimientos tuvieran necesariamente que ser importantes por sí mismos para alguien: en mi opinión, no siempre es así y, con frecuencia, si estás enamorado, es mejor que lo hables con quien sea el objeto de tu amor, aunque seas tú mismo, y nos dejes a los demás tranquilos en nuestra soledad o en nuestras relaciones.

Sin embargo, sí creo en la poesía que fuerza a quien escribe a mirar con atención, a ponerse en la piel del otro, a interiorizar su lógica y sus sentimientos y a comprenderlos – y desde esa comprensión, que no es verbal necesariamente, construir un poema, que no es otra cosa que una secuencia de palabras que permite a una tercera persona entender lo que siente la primera gracias a la mediación del poeta. Así pues, creo que el poeta debe evitar vivir obsesionado por su yo e intentar volcarse en el tú o en el vosotros con la intención de crear un «nosotros» en la comunión de sentimientos que el poema genera.

Como explica Joan Margarit, creo firmemente que “escribir un poema es, ante todo, buscar los «universales».” En ese sentido, este libro ocurre por un hecho concreto, que es la enfermedad y muerte de un ser querido, pero en todo momento he intentado que mi mensaje hable a quien quiera leerlo, tanto si conoció a esa persona hermosa como si no tuvo la suerte de conocerla.

Esa «búsqueda de los universales» ha sido también mi criterio para decidir qué poemas se podían incluir o no en el libro y cómo contribuir a que pensemos juntos en esa experiencia compartida del dolor por la pérdida del ser amado y en los intentos de encontrar luz tras ese dolor.

Esa es la intención de un poema como “El contrato”:

Vivimos según un contrato escrito en el agua.
Los términos legales del contrato
—nombre, domicilio, estado civil—
son un garabato ilegible.
La fecha está sellada con tinta
invisible, sangre seca y sudor.
Firmamos un engaño sin pensar
para mantener nuestra cordura.
Punto uno.
La vida es una inversión
duradera y rentable.
Punto dos.
La muerte es un mero cambio,
impensable que sea eterna.
El problema es la comprensión lectora.
No entendemos ni una palabra
del contrato; nuestra triste ambición
nos hace ver un “para siempre vivos”
en cada párrafo. Todo es mentira.
La vida, participación breve
en una larga e imperfecta
cadena de genes y decisiones,
es un tiempo definido por una biología
débil con tendencia al precipicio.
La muerte espera para abrazarnos,
agazapada, en alguna curva del camino.
La única promesa cierta es la soledad.
Todos seremos marcas difusas
en el libro de actas de la historia.
La profundidad del trazo
en la página del libro
es la única diferencia.
La duda es cuánto resisten
el amor y el recuerdo
frente al olvido.
Al silencio.

Ahora vuelvo a Joan Margarit cuando dice: “El poeta no habla de lo que quiere hablar, sino de lo que puede y necesita decir, y suele pasarse media vida buscándolo.” Yo sentí la necesidad de escribir porque esa es mi manera de ordenar mis ideas y, finalmente, comprender. Lo hago así desde hace treinta años como medio de vida y ahora necesitaba volver a hacerlo para entender la vida y la muerte.

Sin embargo, mi primera constatación al empezar a escribir fue el fracaso de la escritura. Os explicaré por qué. Este poema se titula “Muerte” y creo firmemente que dice la verdad:

La muerte real no admite
poesía. Se sacude
los versos y nos muestra
su rostro, seco y duro,
como el último instante
afilado de la vida.
No se puede parar el tiempo.
No se puede poetizar
la muerte porque no tiene
contenido ni esencia.
No hay palabras más allá
de ese instante ínfimo,
minúsculo, esa rendija
de luz que, apenas se cierra,
deja tras de sí solamente
silencio.

La muerte real no admite poesía ni tiene belleza alguna y mi objetivo no es poetizar en sí misma la muerte de un ser querido. Necesito de nuevo a Margarit cuando dice:

“No me interesa el poema que no contribuya a hacerme mejor persona, a procurarme mayor equilibrio interior, a consolarme, a dejarme un poco más cerca de la felicidad, sea lo que sea lo que signifique ser feliz.”

O cuando afirma esto: “Nadie ha madurado sin haber sufrido ninguna conmoción, ninguna pérdida ni ninguna angustia, y los buenos poemas muestran siempre lo importante que es la experiencia del dolor. Para esto se necesita la poesía, porque ni siquiera el amor se entiende sin la experiencia del sufrimiento.”

O cuando escribe: “Se trata de hacer frente al desorden, al dolor, al mal, de manera que queden iluminados (…) con una claridad que por sí misma ya consuela. Una claridad que – misteriosamente – permite vivir sin necesidad de olvidar… Este es el objetivo, tanto de quien escribe como de quien lee poesía: alcanzar cada uno su propia manera de hacer frente, dándole un sentido, a la soledad.”

Con estas certezas de Joan Margarit se vinculan estos dos poemas que os leo a continuación. Ambos reflejan mis dudas, mis contradicciones y el camino que he seguido para comprender. El primero se titula “Salir del dolor” y es un poema escrito cuando aun la oscuridad no muestra ninguna luz:

Bloquearon la salida de emergencia.
Todas las puertas habían sido selladas.
Nos prometieron que veríamos
ventanas, grietas, hendiduras,
un resquicio.
Nada permitía salir
de aquella cueva de rocas
punzantes donde nos habían encerrado.
El dolor como una marca afilada,
indeleble, se agarra a tu cuerpo.
Todo se escucha desde la herida,
todo huele agrio como leche amarga.
El dolor te drena y te ahueca.
El dolor se ancla en tu garganta
y te quita la voz, ensordece
cualquier sonido porque el aire
duele como una lija
que te acaricia la tráquea.
No hay dentro ni fuera
del dolor: no se sale
del aire ni del tiempo.
Ante el dolor
sólo puedes
recoger los fragmentos
del jarrón esparcidos
por el suelo, pegarlos
unos a otros con saliva.
Las cicatrices se convierten
en la manera de decir
“estoy viva, me veis
andar y alimentarme,
os miro, me miráis,
pero no siento nada”.
Quedad tranquilos:
la herida no ha de sanar.
Ahora yo soy la huella
de su existencia,
lo que queda de él
es mi dolor,
por él lo conservo,
me ocupa entera
mientras camino,
mientras trabajo,
mientras desnudo
mi cuerpo ante el espejo
para ver las llagas
de su ausencia
tatuadas sobre mí.
Yo soy el dolor
que te hace presente
en un mundo de vivos
que no sienten la pena.
Yo soy el dolor.
Te tengo presente.

Sin embargo, el segundo se titula “Flor de un día” y en él se atisba, aun en la lejanía, un posible camino de vida, que no es otro que el amor:

Veinticuatro fotogramas por segundo.
Si un fotograma es erróneo,
el cerebro lo borra y se agarra
a la sensación de movimiento
como si nada hubiera ocurrido.
Ocho mil millones de habitantes.
Un contador macabro y absurdo
contabiliza muertes y nacimientos.
Dicen que si lo observas fijamente,
olvidas tus miserias y tus logros.
En algunos casos extremos, dicen
que incluso tu nombre y apellidos.
Observo la calle
repleta de cuerpos,
personajes secundarios
en una película de época.
Escucho sus voces,
percibo sus pasos,
como figurantes
en vidas ajenas.
Flor de un día,
relámpagos en la noche,
más silencio que sonido.
La única conjugación verbal
capaz de dar sentido a la vida
es la primera.
El único antídoto,
temporal y parcial,
contra el anonimato
es el suave peso
de tu mirada sobre mí,
la cóncava delicadeza
de tu mano sobre mi mano.

Aunque no soy nadie para afirmarlo, me gustaría que ese fuera el mensaje del libro: siempre hay una luz y esa luz es nuestro salvavidas. Margarit decía que “si el poema lo es de verdad, lleva al lector directamente a un lugar e su propio interior y allí se enciende algo como un faro” y que “la poesía sirve para introducir en la soledad de las personas algún cambio que proporcione un mayor orden interior frente al desorden continuado de la vida.” Pues bien, con este último poema os regalo el faro que he construido para mí y, si os complace, para vosotros. El poema se titula “En armas” y dice así:

Me levanto feroz en armas
contra la fecha de tu muerte.
Vierto sin misericordia ni piedad
ácido, lodo, tierra y brumas
sobre los surcos de mi memoria.
Me niego a que tus ojos cerrados
y tu cuerpo exánime sean las cruces
que marquen esta fecha en mi recuerdo.
Sean las imágenes
de tu corta vida
el pan que me nutre
y el aire que respiro.
No quiero ser esquela
ni recordatorio anual
del día de tu deceso.
Quiero vivir por tu luz,
abandonar las sombras,
dejar de reptar y arrastrarme,
levantarme con mis heridas
y mis llagas, encarnado dolor,
para volver a caminar
hasta que mis días se rindan,
agotados, y en el vacío
me una a ti tras nuestra muerte.
Ahora tú vives en mí
y yo, superviviente
del criminal meteorito
que extinguió mi sonrisa,
prometo cargar tu nombre
como señal de tu presencia
sobre la faz de la tierra.
Sea este diario tuyo y mío
testimonio de tu sangre
para que nadie olvide
que la muerte es destino, pero no fin,
si puedo sostener tu palabra
entre mis labios y tu nombre
entre estos versos.
Para siempre,
entre estos versos.

Muchas gracias.


Os dejo aquí un último poema en formato de audio que no incluí en el poemario y que hoy no he sido capaz de leer ante los padres de Pepe y su hermana, mi familia. Sirva como homenaje a un niño bueno:

A Pepe, cuya vida iluminó nuestra existencia (2005-2021).


Las referencias a Joan Margarit provienen del libro «Poética. Construcción de una lírica» (2020, Barcelona: Arpa).

Leave a Reply

Your email address will not be published.